Te voy a decir la verdad. Te voy a decir todo de estos días. Te voy a decir que me has destrozado. Que estoy destrozada. Me has dejado tirada en la puta cuneta, con la miel en los labios. Has hecho de un puzle de dos piezas un maldito mosaico de millones. No tenías derecho a ello. Te voy a decir, maldita sea, que no bajes la mirada, ni me mires como si no hubieras roto un plato en toda tu vida. Que tu lo has roto todo y que jamás, jamás tendrás derecho a replicarme nada. No podrás culparme por haberme agarrado a un tronco de madera, cuando fuiste tú quien decidió naufragarnos. Que antes de odiarnos, de odiarme, de odiarle, u odiarte. Deberías venir y mirarme a los ojos y explicarme por qué es necesario tanto dolor, para qué ha servido. Deberías mirarte a un maldito espejo cuando te preguntes quién tuvo la culpa de todo esto. Deberías dejarme huir de ti.
Bueno, da igual, esto sólo me permito pensarlo a veces.
Otras, lo veo como una muerte dulce. Y te suplico, hecha pedazos, como una idiota, que me vuelvas a matar, que quiero que me vuelvas a resucitar.
Qué coño importa ya.
Me autoengaño.
Se vuelve a repetir.
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