Me contó una vez que no quería ir al cine porque él siempre rechaza a las rubias, que no es una bestia pero tampoco un príncipe porque nunca había bailado en uno de aquellos bailes de fin de curso de los musicales. Me dijo que esa tarde había ido de compras y había visto el cuadro que aún no me ha regalado, le ha puesto nombre al perro que todavía no tenemos, el champán que beberá de mis piernas porque dice que seguro se emborracha más de mi piel que del alcohol. Me contó que había visto las medias que me rompería, la falda que me va a subir, la camisa que se comprará y la que pondremos en una percha, como la bandera por la que lucharíamos. También se paró al lado de la cama en la que le bailaré, el nórdico debajo del que me dará la vida y la muerte a la monotonía, el armario que me vestirá todas las mañas de su vida.Vio el buzón que esperará que le devore en busca de alguna carta como el me devora a mí el cuello, las lámparas que nuestras ganas apagarán, el sofá que se tragará todas las pelis y la manta que nos protegerá los sueños. Dijo que fue a la sección del baño y vio la bañera que nos limpiará de dudas y un espejo que refleja el futuro y en el que me vio a mí.
Pero que también había pensado meternos en una habitación sin muebles, con la lluvia golpeando en el cristal de banda sonora y que cuando salgan nuestros nombres en los créditos me dirá que ha merecido la pena vivir.
Si fuera él de verdad me daría igual la casa o el perro o los hijos. Solo quiero ser su hogar, maullarle por las mañanas y hacernos muchos hijos pero sin tenerlos. Si fuera él, probablemente, me enamoraría.